Isabelle,
en sus pocas carnes y sus muchos huesos, nos espanta, nos intimida, nos abruma
sin que sepamos cómo: todos somos ella. Esos mismos huesos, esa misma carne
somos, hemos sido. No seremos en la muerte. El problema es el volumen. Venimos
desde las cavernas buscando el volumen de las cosas. Que el mundo parezca tener
dentro de sí algo más que el triste vacío. Visto así, la belleza sería el
volumen de los entes que nos parecen vivos o eternos, cuando no pasan de un
lienzo, un sonido, una idea. Digan lo que digan, nos fascinan los volúmenes
ampulosos, y de ahí nuestra afición por las cifras abultadas. Inventamos una
disciplina del volumen para convencernos de que el mundo no es solo cáscara y
agua. La estadística, aquella ciencia de la ficción no literaria, nos ilusiona
con el volumen de las cifras. Y el volumen y las cifras de esta mujer, que es
la sinécdoque de todas las mujeres que van perdiendo volumen, paradójicamente
porque creen tenerlo en exceso, atrae sobre nuestra paz de tumba unas moscas insalubres:
los moscones de la impaciencia. Parecería Isabelle una actriz jugando a
retarnos la imaginación: ¿puede existir una mujer sin volumen? El hombre ha
buscado y se ha perdido en el volumen de la mujer. El mundo anglosajón (Hollywood
saca la cabeza por todos ellos) se ha perdido en el delirio por el volumen de
la mujer latina (la Hayek y la Vergara queden como respaldo de lo dicho). Pero
ellos han terminado exportándonos esta idea de la belleza tísica, sin volumen,
sin forma. La sensualidad del hueso. Entre el “uno de cada tres norteamericanos
padece de obesidad” y la foto de Isabelle, insolente y pública para los que
prefieren lo del mal gusto bien barrido debajo de la alfombra, no queda nada, ni un plato de papas
fritas, ni un inodoro para los vómitos bulímicos. Este mundo ya no es de medios
tonos, de grises para las sombras. U obeso o anoréxico. Solo el final sigue
siendo el mismo.

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