lunes, diciembre 05, 2011

Volumen de mujer


Isabelle, en sus pocas carnes y sus muchos huesos, nos espanta, nos intimida, nos abruma sin que sepamos cómo: todos somos ella. Esos mismos huesos, esa misma carne somos, hemos sido. No seremos en la muerte. El problema es el volumen. Venimos desde las cavernas buscando el volumen de las cosas. Que el mundo parezca tener dentro de sí algo más que el triste vacío. Visto así, la belleza sería el volumen de los entes que nos parecen vivos o eternos, cuando no pasan de un lienzo, un sonido, una idea. Digan lo que digan, nos fascinan los volúmenes ampulosos, y de ahí nuestra afición por las cifras abultadas. Inventamos una disciplina del volumen para convencernos de que el mundo no es solo cáscara y agua. La estadística, aquella ciencia de la ficción no literaria, nos ilusiona con el volumen de las cifras. Y el volumen y las cifras de esta mujer, que es la sinécdoque de todas las mujeres que van perdiendo volumen, paradójicamente porque creen tenerlo en exceso, atrae sobre nuestra paz de tumba unas moscas insalubres: los moscones de la impaciencia. Parecería Isabelle una actriz jugando a retarnos la imaginación: ¿puede existir una mujer sin volumen? El hombre ha buscado y se ha perdido en el volumen de la mujer. El mundo anglosajón (Hollywood saca la cabeza por todos ellos) se ha perdido en el delirio por el volumen de la mujer latina (la Hayek y la Vergara queden como respaldo de lo dicho). Pero ellos han terminado exportándonos esta idea de la belleza tísica, sin volumen, sin forma. La sensualidad del hueso. Entre el “uno de cada tres norteamericanos padece de obesidad” y la foto de Isabelle, insolente y pública para los que prefieren lo del mal gusto bien barrido debajo de la  alfombra, no queda nada, ni un plato de papas fritas, ni un inodoro para los vómitos bulímicos. Este mundo ya no es de medios tonos, de grises para las sombras. U obeso o anoréxico. Solo el final sigue siendo el mismo.

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