Que don Rodrigo Borja Cevallos, ex presidente de la República, autor de un par de libros que se gozan leyendo —como aquel de los “Recovecos de la historia”, que tiene su sazón liviana—, y de una enciclopedia que podría ser el orgullo de cualquier enciclopedista, haya sido electo miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, le enaltece. A la Academia, sobre todo. Alguien dijo, no recuerdo quién, que hay miembros que dan nombre a la Academia y otros a los que la Academia da nombre. En este caso, bien servida queda la Academia al incorporar el ilustre nombre del ex presidente. Pero, y esto tampoco lo recuerdo, alguien dijo, quizá el mismo sujeto de la cita anterior, que la Academia vive de la publicidad de los que le dan nombre, pero sostiene su condición académica de aquellos otros desconocidos —o muy poco conocidos, que casi es lo mismo—, que de pronto adquieren su cierta notoriedad al ser nombrados académicos. Eso, en la Academia de España, o sea, la Real. Porque la de aquí, muy poco de lo uno y nada de lo otro. Cuando en España, a fuerza de o gracias al paso del tiempo, las nuevas corrientes, los lingüistas críticos y el crecimiento de instituciones de investigación lingüística en otras latitudes, empezó a remozarse, a dejar de ser una templo ortodoxo de cinco ñatos que decidían todo entre ellos, para pasar a ser un centro de investigación continua, con un equipo tremendo de gentes, también, por supuesto, con un enorme aparato de auspiciantes que no se encuentran no más en cualquier lado, menos en América del Sur, producto de todo lo cual aparece cada mañana un nuevo diccionario de dudas, una ortografía, un compendio, un qué se yo que da contento a un montón de gente que no tenía dónde hacer sus consultas, o que encontraba dónde consultar pero siempre se quedaba en las mismas.
Algunas Academia americanas empezaron ya, hace rato, a hacer lo suyo: a investigar. Y producen ya sus obras de consulta y tienen página electrónica, y organizan eventos donde se discuten temas de lengua, etcétera. Eso porque han tenido la inteligencia de incluir entre sus dignos académicos, junto con los ilustres escritores de diversos géneros, a lingüistas o expertos de la lengua que llegan a la Academia, no a hacer cafetín de cinco de la tarde, sino a promover proyectos de investigación que aporten conocimiento y cultura a su país.
La de aquí, bien gracias. Ni página electrónica. Hay gente que tiene sus dudas a la hora de escribir y que la mejor idea que se le ocurre para salir del atolladero es sacar la guía de teléfono, buscar la referencia de la Academia y llamar a ver si alguien les puede indicar el camino del conocimiento. Ahórrese la llamada. Hay tres secretarias, un becario, un contador los jueves cada quince, pero nadie que resuelva la duda. Ojalá contestara el doctor Borja.
Algunas Academia americanas empezaron ya, hace rato, a hacer lo suyo: a investigar. Y producen ya sus obras de consulta y tienen página electrónica, y organizan eventos donde se discuten temas de lengua, etcétera. Eso porque han tenido la inteligencia de incluir entre sus dignos académicos, junto con los ilustres escritores de diversos géneros, a lingüistas o expertos de la lengua que llegan a la Academia, no a hacer cafetín de cinco de la tarde, sino a promover proyectos de investigación que aporten conocimiento y cultura a su país.
La de aquí, bien gracias. Ni página electrónica. Hay gente que tiene sus dudas a la hora de escribir y que la mejor idea que se le ocurre para salir del atolladero es sacar la guía de teléfono, buscar la referencia de la Academia y llamar a ver si alguien les puede indicar el camino del conocimiento. Ahórrese la llamada. Hay tres secretarias, un becario, un contador los jueves cada quince, pero nadie que resuelva la duda. Ojalá contestara el doctor Borja.


