jueves, abril 29, 2010

Al pie de la foto: El señor de la salsa


Salió coronado con un sombrero de paja toquilla. Y tocó con él las primeras tres canciones. (Un homenaje y un regalo, dijo). Sigue siendo su voz la misma de siempre. Aunque Blades empieza a avistar el respetable abuelo salsero que será en el futuro, su voz permanece joven, límpida y digna. Aún le rodea un aura de humildad, cuyo símbolo son aquellas dos maracas, como dos frutos del Edén, colgadas del pedestal del micrófono. El escenario (que tardaron treinta minutos en arreglar luego de la presentación de Azuquito), abarrotado de instrumentos, cables, micrófonos, bailarines y salseros durante la presentación de la orquesta quiteña, quedó libre, limpio para este señor de la salsa. Blades lo recorrió a pasos cortos, bailando con pasitos cortos, o caminando distraído, concentrado en el texto de la canción, y detrás de él, una escalera que parecía descender del cielo, por donde subió cuantas veces pudo a juntarse a los percusionistas para tocar sus maracas.
Con ese sombrero, aquella barba de médico antiguo, el traje oscuro de la misma índole, los lentes de sabio y la voz caribeña, Blades pone a bailar ­—para mal— a la gente que no escucha sus letras o no las entiende, y pone a pensar —para bien— a aquellos que lo querían solamente sentado en el banco de un ministerio. (Hay gente a la que le queda muy bien la mueblería de los Ministerios, pero a Blades lo que mejor le queda es la orquesta detrás, el micrófono delante, y una oreja que oiga pa’ que entienda). El digno Blades es la dignidad de la salsa, ya sacada de ese estercolero bailable al que la llevaron algún día.
Foto tomada del diario "El Comercio", www.elcomercio.com

miércoles, abril 28, 2010

Es hora de hablar

(porque Bunbury ha dejado en su último disco una confesión que ya nos hubiera gustado hacer a muchos)

es hora de hablar

de la quimera de otra vida,

de lo que no supimos expresar,

del trapecio que ante la nada

oscila ,

de tragedias y triunfos

que duran un segundo,

de alterar el destino

y de la fábrica de hielo del olvido,

es hora de hablar

de las cosas rotas

que no puedo arreglar,

de que este humor no tiene que ver contigo,

que hace tiempo que nada acabar consigo,

que la fama es el opio del triunfador

y más vale suerte que talento,

y me basta este momento

como una revelación

es hora de hablar

de las voces de los hombres y su engaño,

de la verdad como forma de violencia,

del dolor y de la inocencia,

del infinito entre tus brazos

y de los límites de mi cuerpo

y el regateo de mi ficción

(pura ficción)

es hora de hablar

de la culpa y la madre del castigo,

de hacerse viejo entre tus enemigos,

del lento proceso de derrumbe,

y que nunca hablamos

de lo que hay que hablar,

de secuencias de presagios

que se cumplen

y que quiero hacer muchas cosas por ti

las más posibles

es hora de hablar

de la quimera de otra vida

Enrique Bunbury

(de Las consecuencias, 2010)