Atravesado está el siglo por el verso y la prosa de Benedetti. Contra los que embalsan la corriente, contra los contras de la vida, está la palabra primera y la última de Benedetti, la discreta presencia de su imagen, la bondadosidad de su bigote de abuelito taciturno, el engaño de su facha estable, porque despacito, detrás de todo ese escenario de placidez, y sin apretar mucho el bisturí, iba hundiendo la hoja en la carne descompuesta de esta vida pacotillera. A palos y a verbos, a verbazo preciso entró Benedetti a combatir pero también a arrullar, con la prosa del cuentista que dice y dice, y no parece suceder nada, y sucede, se suceden luego del punto final, los asombros, los despistes, los ‘qué pasó’, los ‘a qué hora pasó’, porque era mago sin sombrero de Merlín, porque no dejaba ver los trucos bajo las mangas, y algunos se han confundido, y han empezado a verlo como muy simple, simple su prosa, simple su verso, fácil y directo, o sea, su virtud –si es que se la reconocen– está en lo que dice, en esas ideas izquierdosas suyas, pero no, que su fuerza es fuerza de verbo, y que lo que parece fácil de leer no es fácil de escribir, y aun más, habría que releerlo dos y tres veces, por lo menos, si no hay tiempo para más, porque debajo de la epidermis y de la dermis de sus cuentos y sus novelas, corren ríos, y hay bosques donde se pasean las angustias asoleadas del hombre, el alma encurvada de la mujer, el secreto indescifrable de nuestras insatisfacciones.
La muerte está para acordarnos de los que teníamos olvidados. Para conocer a los que no conocíamos. Para empezar a leer lo que habíamos relegado para más tarde. Maldita muerte que toca en la puerta de al lado para que nos levantemos nosotros a ver a quién se llevan. ¡Ah, se lo llevaron! Y recordamos que teníamos un libro suyo, de cuando éramos universitarios, que nos hubiera gustado leerlo, pero la vida de oficina vino tan pronto y tan rápido, y nos quitó el tiempo de mi yo con/migo, el tiempo de leer. Ahora que se fue, Benedetti, ojalá deje tiempo la oficina para leerte. Ojalá le atine otra vez a ese verso tuyo y emprenda, esta vez sí, como nos jurábamos en aquellos tiempos de universidad, a palos de vidente.
miércoles, septiembre 30, 2009
Gracias por el fuego, Benedetti
Atravesado está el siglo por el verso y la prosa de Benedetti. Contra los que embalsan la corriente, contra los contras de la vida, está la palabra primera y la última de Benedetti, la discreta presencia de su imagen, la bondadosidad de su bigote de abuelito taciturno, el engaño de su facha estable, porque despacito, detrás de todo ese escenario de placidez, y sin apretar mucho el bisturí, iba hundiendo la hoja en la carne descompuesta de esta vida pacotillera. A palos y a verbos, a verbazo preciso entró Benedetti a combatir pero también a arrullar, con la prosa del cuentista que dice y dice, y no parece suceder nada, y sucede, se suceden luego del punto final, los asombros, los despistes, los ‘qué pasó’, los ‘a qué hora pasó’, porque era mago sin sombrero de Merlín, porque no dejaba ver los trucos bajo las mangas, y algunos se han confundido, y han empezado a verlo como muy simple, simple su prosa, simple su verso, fácil y directo, o sea, su virtud –si es que se la reconocen– está en lo que dice, en esas ideas izquierdosas suyas, pero no, que su fuerza es fuerza de verbo, y que lo que parece fácil de leer no es fácil de escribir, y aun más, habría que releerlo dos y tres veces, por lo menos, si no hay tiempo para más, porque debajo de la epidermis y de la dermis de sus cuentos y sus novelas, corren ríos, y hay bosques donde se pasean las angustias asoleadas del hombre, el alma encurvada de la mujer, el secreto indescifrable de nuestras insatisfacciones.
La muerte está para acordarnos de los que teníamos olvidados. Para conocer a los que no conocíamos. Para empezar a leer lo que habíamos relegado para más tarde. Maldita muerte que toca en la puerta de al lado para que nos levantemos nosotros a ver a quién se llevan. ¡Ah, se lo llevaron! Y recordamos que teníamos un libro suyo, de cuando éramos universitarios, que nos hubiera gustado leerlo, pero la vida de oficina vino tan pronto y tan rápido, y nos quitó el tiempo de mi yo con/migo, el tiempo de leer. Ahora que se fue, Benedetti, ojalá deje tiempo la oficina para leerte. Ojalá le atine otra vez a ese verso tuyo y emprenda, esta vez sí, como nos jurábamos en aquellos tiempos de universidad, a palos de vidente.
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domingo, septiembre 27, 2009
Adenda a “Desde las afueras del magisterio fiscal”
Decía Raúl Vallejo, esta misma semana, lleno de ira y fervor revolucionario pequeburgués, apuntando con un índice hacia la derecha, frente a los micrófonos de los medios de comunicación, estas palabras textuales que se referían a los dirigentes de la UNE: “Esos mediocres que no saben ni siquiera conjugar los gerundios”.
A estas alturas, él, el Correísmo –en este desencuentro con los maestros–, y la UNE en pleno están hechos de la misma levadura de la mediocridad. Unos por intransigentes, otros por garroteros. Tanto valen, por lo que tanto dicen y tanto actúan.
¡Oh desgracia de esta educación ecuatoriana, con unos maestros tan poco creativos para el reclamo, y con un ministro tan poco
creativo para la reforma! ¡Quién te dijo, Raúl, quién te enseñó en la Católica de Guayaquil –demándala por estafarte la educación una universidad privada–, eso de que los gerundios se conjugan!
El que Mery Zamora no sepa qué son los gerundios, resulta un pecado de lesa humanidad en una educadora; el que el Ministro de Educación diga, nada menos, que los gerundios se conjugan, entonces sí, apaguen la luz y vámonos. ¡Que no, poeta, que los gerundios no se conjugan, porque no son verbos, son verboides, ñaño mono, o sea, falsos verbos, no tienen persona gramatical, ni auténtico presente ni pasado ni futuro! Como esta nueva/vieja reforma educativa.
Insisto, arrieros somos…
Fotos tomadas de la página electrónica de El Tiempo
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Desde las afueras del magisterio fiscal
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En el principio era el poeta
Mientras algunos venimos haciendo solamente poesía del ombligo, Adoum intentó la literatura con la cara pegada contra la ventana: la mirada clavada en el exterior. No siempre acertó. Aquellas extensas memorias suyas —De lejos y de cerca—, en largos pasajes, dejan traslucir la aureola del mito, el yeso seco que se va quebrando para descubrir la estatua autolevantada al cielo. Pero sobre esos acostumbrados gigantismos de nuestra literatura, sigue mirando su tiempo, su testimonio, su entorno, y resplandece con el contacto que tuvo con los obreros de las palabras que conoció. Alguna vez reconoció que las jóvenes generaciones literarias tienen derecho a practicar el parricidio, siempre y cuando no sean hijos de probeta o clones de un solo huevo. Lo último lo dijo en otras palabras, pero para el caso, la lección es la misma. Nosotros, la verdad verdad, nacimos huérfanos de referentes literarios nacionales. Dicen que en los setenta y ochenta aparecieron aquí unos cuántos escritores, ahora carcamales en silencio, pero esos, solitos, sin necesidad de los tzántzicos, redujeron sus cabezas hasta quedar en silencio o en un escritorio de la burocracia. Llegaron cargados de sueños, como todos, y en la primera esquina que se les cruzó un poste, se les hicieron trizas, como un jarrocinto de mucho brillo y ninguna flor adentro.
A Adoum lo vimos como el abuelo literario que era: ni padre al que matar, ni momia que olvidar. Era el que fue: el poeta que practicó la poesía de vanguardia levantada sobre la tradición, sin escupir al oficio, a la lengua o a la memoria de los escritores imperecederos. Dando pasitos para alejarse de Neruda, avanzó lo que ya había avanzado César Dávila Andrade y puntualizó donde la mirada omnímoda de Carrera Andrade trazó el paisaje. De ahí para acá, lo que hacemos todos no es más que intentar.
Uno puede o no comulgar con su concepción de la literatura y de la política, pero no puede dejar de reconocer su trabajo militante en la poesía, la certeza de mucha de su obra narrativa o la sabrosura de sus ensayos. Siguió creyendo en lo que predicaba, salvo por esa catastrófica participación suya en las siete armonías que escribió para Mahuad, con autodefensa incluida en su “Ecuador: señas particulares”, quedó flotando la imagen del bardo que puso melodía al introito de una cantata derechona y banquera.
Hubo una época en que, los que en nuestra adolescencia soñábamos con hacernos escritores, conseguíamos, con el placer del que persigue cromos para su álbum de futbolistas, las revistas Diners para leer las crónicas golosas de Esteban Michelena, los dibujos desdibujados de Bonil y los ensayos narrativos con mayor condumio de Adoum. Era la época en que la Diners valía la pena leer, y parecía una auténtica revista de cultura y no un híbrido del Vistazo y Cosmopolitan. Sus artículos de entonces —muchos de ellos reunidos en su libro Mirando a todas partes, el mismo nombre de la sección en la que los publicaba— repasaban todo y eran un viaje a los libros de los otros, a los iconos de la cultura occidental, a los entretelones del arte, al homenaje de sus héroes, que era una especie de homenaje a sí mismo.
Se murió con el silencio de la nación que le importa más el muerto del barrio que un hombre de letras. Los periódicos tuvieron ese día los titulares ocupados en otras cosas más decentes que la muerte de un poeta.
Foto tomada de la página electrónica www.agridulce.com.mx
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