martes, abril 21, 2009

Inundar de libros

La campaña nacional de lectura “Eugenio Espejo” está llena de buenas, buenísimas intenciones, y de resultados. Excelente fue la idea de asociar el pago de la factura de la luz con la venta, por un dólar, de un libro de un autor ecuatoriano. Y excelente es la última de las ideas: la promoción de una revista de novedades literarias, un “bonsái” de revista, como se autoproclama, llena de color, de textos cortos e interesantes, de reseñas y novedades: Rocinante. Todo esto se entorpece en el punto decisivo: la distribución. Resulta que para afiliarse a la campaña, hay que ir al mismísimo edificio central de la empresa eléctrica, en la Av. Mariana de Jesús. Los que pueden ir hasta allá no son necesariamente los que solo tienen un dólar para comprarse un libro. Y aunque Rocinante se publica desde noviembre de 2008, aún no saben ninguno de los delegados para la atención del público, desde cuándo se la empieza a cargar en la factura. Por lo pronto, la cobran en dinero constante y sonante en la misma ventanilla de la afiliación. Afiliarse y pagar, después, en una sucursal de la Empresa Eléctrica es arriesgarse a que no te den la revista. Aunque tengas el dólar que cuesta. Y con los títulos otra pena. Buena está la literatura ecuatoriana, muchos y variados y excelentes escritores ecuatorianos hay por aquí. Aunque, si de promocionar la lectura se trata, había que empezar por lo esencial: una colección de autores clásicos y otra de títulos infantiles. Además, debería haber la posibilidad de que cada afiliado escoja el título que se quiere llevar, y no aceptar, con incertidumbre, el único título que cada mes se publica. Lo peor sí es el que los niños estén olvidados en esta campaña. Promocionar la lectura entre los adultos está bien. Pero la sociedad lectoras que queremos, la formaran la generación de niños que tenemos ahora. A ellos hay que inundarlos de libros que cuesten un dólar pero que valgan un millón.

miércoles, abril 01, 2009

El lector será quebrado

Hasta hace pocos años, Kadaré era un desconocido por estas tierras. Sus obras, traducidas del albanés al español, han empezado a llegar con lentitud y lo único que podía leerse de él, si es que se encontraba el libro, era su novela “Abril quebrado”. Pero basta leerla para entender porqué su nombre suena todos los años como merecedor del premio Nobel de literatura. Kadaré hace poesía con el acorralamiento de la tribu. Recrea los símbolos de las zonas rurales de Albania donde aún hoy en día, al margen de la ley, los albaneses se rigen por un código de muerte: el Kanum. Gracias a él, la venganza de sangre es el eje de la vida de esos hombres de montaña. Un código creado en la Edad Media que evita la impunidad desde hace siglos y que vuelve presas de la ley más sangrienta a generaciones que ya no recuerdan ni les importa la muerte de un ancestro. Muerte y sangre denotan, en conjunto, realidades duras, deshumanizadas. La ley que las cubre resulta más inconmovible que el corazón de cualquiera de esos montaraces hombres que sortean, en el seno de sus familias, la responsabilidad de uno de ellos para vengar la muerte de un alguien que pereció, muchos años atrás, en circunstancias que a la ley, siempre ciega, no le importan. Kadaré escoge precisamente a un personaje débil, Berisha, para resaltar la crueldad de esa ley. La historia va mostrando así dicotomías acerca del bien y del mal, la belleza y la maldad, la paz y la guerra, el reposo y la exaltación, la poesía y la crueldad. Kadaré levanta un narrador moroso, que no morboso, de cámara lenta pero ceñida a la acción, fija en el detalle oportuno, sin grandes planos, pero con profundidad dinámica en el horizonte de los sueños y los anhelos. Si abril estará quebrado para Berisha por la besa que le otorga la familia del individuo que ha matado por obligación, el lector quedará quebrado desde el mismo momento en el que verá, pusilánime y divagador, a este Berisha de espíritu infantil, tendido sobre la grava al borde del camino, empuñando el rifle, fijando la mira mientras sus pensamientos se disuelven en multitud de posibilidades ignominiosas, y luego, entre un verbo y un adjetivo, ver el disparo, el cuerpo que cae muerto, la irremediable realidad de la muerte. Así, el lector será quebrado.