La campaña nacional de lectura “Eugenio Espejo” está llena de buenas, buenísimas intenciones, y de resultados. Excelente fue la idea de asociar el pago de la factura de la luz con la venta, por un dólar, de un libro de un autor ecuatoriano. Y excelente es la última de las ideas: la promoción de una revista de novedades literarias, un “bonsái” de revista, como se autoproclama, llena de color, de textos cortos e interesantes, de reseñas y novedades: Rocinante. Todo esto se entorpece en el punto decisivo: la distribución. Resulta que para afiliarse a la campaña, hay que ir al mismísimo edificio central de la empresa eléctrica, en la Av. Mariana de Jesús. Los que pueden ir hasta allá no son necesariamente los que solo tienen un dólar para comprarse un libro. Y aunque Rocinante se publica desde noviembre de 2008, aún no saben ninguno de los delegados para la atención del público, desde cuándo se la empieza a cargar en la factura. Por lo pronto, la cobran en dinero constante y sonante en la misma ventanilla de la afiliación. Afiliarse y pagar, después, en una sucursal de la Empresa Eléctrica es arriesgarse a que no te den la revista. Aunque tengas el dólar que cuesta. Y con los títulos otra pena. Buena está la literatura ecuatoriana, muchos y variados y excelentes escritores ecuatorianos hay por aquí. Aunque, si de promocionar la lectura se trata, había que empezar por lo esencial: una colección de autores clásicos y otra de títulos infantiles. Además, debería haber la posibilidad de que cada afiliado escoja el título que se quiere llevar, y no aceptar, con incertidumbre, el único título que cada mes se publica. Lo peor sí es el que los niños estén olvidados en esta campaña. Promocionar la lectura entre los adultos está bien. Pero la sociedad lectoras que queremos, la formaran la generación de niños que tenemos ahora. A ellos hay que inundarlos de libros que cuesten un dólar pero que valgan un millón.
