De verdad hay que apellidarse Aznar para decir que Bush hijo es un “gran estadista”. Y además hay que tener ciegos los ojos de la razón para no ver lo evidente —el desastre económico del imperio y, por tanto, el fracaso de un modelo económico— y afirmar a continuación que la elección de Obama es un “exotismo histórico” y un “previsible fracaso económico”. ¿Qué pasa por la cabeza de Aznar? debería ser tema de tesis de nuevos investigadores. Algunos creían que Aznar era solamente un descuidado político que olvidaba apagar los micrófonos luego de hablar en público y decía, sin pensar que todos lo escuchaban, como ocurrió durante una cesión de la Comunidad Europea en la época en que era presidente de España, “qué coñazo me he mandao”. Pero no. Este político dice coñazos también en público, y hay que ser un auténtico dogmático —hay que ver que los dogmáticos derechones apestan a rancio queso vaticano— como para pensar que es un gran estadista de quien, precisamente, ni los de su propio partido quieren decir un medio elogio. McCain ya lo sabía: la estupidez de Bush era demasiado peso muerto para su candidatura. Y los muertos, aún en vida, apestan y resultan demasiado lastre. Los que les tiran flores son retazos de alfombras viejas. Y los que van a pedir perdón horas antes de que se mueran son simplemente claudicadores. De vez en cuando dan la cara estos desabridos, que ya todos creen cadáveres políticos, para decir algún desatino y luego volver a la sombra. O al pódium de alguna cámara de industriales que les pague en euros para decir almibaradas sandeces neoliberales.