miércoles, septiembre 30, 2009

Gracias por el fuego, Benedetti

Atravesado está el siglo por el verso y la prosa de Benedetti. Contra los que embalsan la corriente, contra los contras de la vida, está la palabra primera y la última de Benedetti, la discreta presencia de su imagen, la bondadosidad de su bigote de abuelito taciturno, el engaño de su facha estable, porque despacito, detrás de todo ese escenario de placidez, y sin apretar mucho el bisturí, iba hundiendo la hoja en la carne descompuesta de esta vida pacotillera. A palos y a verbos, a verbazo preciso entró Benedetti a combatir pero también a arrullar, con la prosa del cuentista que dice y dice, y no parece suceder nada, y sucede, se suceden luego del punto final, los asombros, los despistes, los ‘qué pasó’, los ‘a qué hora pasó’, porque era mago sin sombrero de Merlín, porque no dejaba ver los trucos bajo las mangas, y algunos se han confundido, y han empezado a verlo como muy simple, simple su prosa, simple su verso, fácil y directo, o sea, su virtud –si es que se la reconocen– está en lo que dice, en esas ideas izquierdosas suyas, pero no, que su fuerza es fuerza de verbo, y que lo que parece fácil de leer no es fácil de escribir, y aun más, habría que releerlo dos y tres veces, por lo menos, si no hay tiempo para más, porque debajo de la epidermis y de la dermis de sus cuentos y sus novelas, corren ríos, y hay bosques donde se pasean las angustias asoleadas del hombre, el alma encurvada de la mujer, el secreto indescifrable de nuestras insatisfacciones. La muerte está para acordarnos de los que teníamos olvidados. Para conocer a los que no conocíamos. Para empezar a leer lo que habíamos relegado para más tarde. Maldita muerte que toca en la puerta de al lado para que nos levantemos nosotros a ver a quién se llevan. ¡Ah, se lo llevaron! Y recordamos que teníamos un libro suyo, de cuando éramos universitarios, que nos hubiera gustado leerlo, pero la vida de oficina vino tan pronto y tan rápido, y nos quitó el tiempo de mi yo con/migo, el tiempo de leer. Ahora que se fue, Benedetti, ojalá deje tiempo la oficina para leerte. Ojalá le atine otra vez a ese verso tuyo y emprenda, esta vez sí, como nos jurábamos en aquellos tiempos de universidad, a palos de vidente.

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