
Bustamante dijo hace poco —y no el Busta de España, sino el de la diestra del Gobierno— que hay que levantar el prestigio del magisterio. Pero se equivoca. Y con intención, porque el Correísmo ha conseguido el apoyo nacional para su reforma educativa apelando al sentimiento de los padres de familia, que no otra cosa es eso de aplicar la evaluación docente. Puro sentimentalismo. En el fondo, hay una vendetta familiar contra el maestrillo aquel que dejó al chico de la casa al supletorio. Hay, además, ese placer colectivo de ver al verdugo enfrentándose a su propio paredón. Es lo que los estudiantes han dicho, con tanta sabiduría popular, que los profesores prueben de su propia medicina. De ahí no puede, imposible, nacer una reforma educativa, menos una revolución educativa. La dizque revolución ciudadana.
Y como se apela a ese sentimentalismo, todos estamos de acuerdo en que a los profesores les evalúen —a los profesores fiscales, claro está, porque, para sutiles ironías, los particulares, aunque consigan resultados mediocres como un doce en las pruebas SER, se les cuelga la medalla del honor en sus dignos pechos— y al carajo el que no pase la prueba. ¡Cómo no estar de acuerdo! Nos gusta el estilo macho del líder montubio, pero temblamos en cuanto nos quieren hacer callar. Algún encanto le encontramos a la ½ dictadura.
No hay auténtica voluntad política de revolucionar la educación ecuatoriana. Si la hubiera, lo que se propondría no es lo que ha dicho Bustamente, sino algo más puntual: levantar el prestigio del docente, de la carrera magisteril. Porque una cosa es una profesión con prestigio y otra muy distinta, un gremio con prestigio, que para el correísmo significa que se calle, que no se agrupe, y si se agrupa, que sea con líderes de AP. Nos gusta el sindicato, siempre y cuando el líder sea de la familia. Los hijos de vecino nos sientan mal. Nos cambian el carácter y, de pronto, casi sin notarlo, nos volvemos ½ de dictadores.
Se han llenado la boca hablando de la mediocridad, bien está. A muchos les queda demasiado grande el título de profesor, peor el de maestro, empezando porque aquellos que fungen o han fungido de docentes universitarios sin conocer ni la P de pedagogía, como si ser un especialista en un área científica diera licencia para dictar cátedra, pero no deberían hablar muy alto. Allí, adentrito de este gobierno, la mediocridad también asienta sus redondas posaderas en los sillones de Estado: basta darse una vueltita por los patios de la Dirección Provincial de Educación de Pichincha, o por los pasillos de los libros del Ministro de Educación, para cosechar a granel las faltas ortográficas, en aquel lugar, y gramaticales, en aquel otro. Arrieros somos, dicen.
Foto tomada de la página electrónica de la UNE
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