lunes, diciembre 22, 2008

Se va

Leo la noticia: 19 años en la administración de la Universidad Central del Ecuador. Unos cuantos de vicerrector. Bastantes como rector. Casi un Velasco Ibarra. Pero se llama Víctor Hugo Olalla. Deja, tras de sí, una universidad impecable: no hay egresado de ella al que no se le reconozca haber obtenido su título con mucho sacrificio, intelecto e investigación. Deja una universidad de hermosa presencia física, de contundente peso académico en todo el país. Deja una universidad pionera en el impulso cultural. Los artistas que allí se gradúan (sea en artes plásticas, música, teatro, literatura, arquitectura) marcan siempre la ruta de la vanguardia artística en el Ecuador. Y ni qué hablar de sus científicos. Los egresados de la Universidad Central son investigadores por excelencia. Sus veterinarios y agrónomos han contribuido al país con proyectos que prometen inyectar vitalidad al agro ecuatoriano y ayudar, así, a liberarnos un poco de la dependencia petrolera. Sus ingenieros en geología y minas, los de química y farmacia, los civiles y los informáticos, hacen cola en los aeropuertos porque son las primeras víctimas de la llamada “fuga de cerebros”. Y ni qué decir de la planta de profesores. Todos tienen posgrados en universidades externas. Aquellos que osaron blandir sus posgrados obtenidos en la misma Universidad Central, se les dijo pase por gerencia y ta’ luego. Pero los que se quedaron con derecho propio, combinan investigación y pedagogía, y viven a tiempo completo en la Universidad y dedicados exclusivamente a ella. Cada uno desarrolla por lo menos un proyecto de investigación y sus alumnos son corresponsables de ese proyecto. Publican periódicamente, no articulillos en blogs, sino verdaderas obras, libros de divulgación científica. O sea, —permítanle al rector saliente presumir de esto—, los profesores de la Universidad Central son unos auténticos científicos e intelectuales. Su rendición de cuentas es tan pública que a nadie le cabe la duda de que cada centavo ha sido invertido con justicia en el crecimiento académico de sus estudiantes. ¿Y de la política qué? Que es la universidad que mayor peso político tiene en el país porque sus cientistas proponen y publican teorías acordes a la realidad nacional, y sus mujeres y hombres son los más progresistas de estas tierras y empuñan, desde diversos frentes, y con los discursos más sólidos que se han visto en los últimos años, la bandera de lucha de la mayoría, con autoridad y respaldo, con pulcritud y honradez, y vencen y convencen. Lástima que lo único cierto de todo lo dicho aquí, es que este bosquejo de rector de la más grande y más antigua universidad del Ecuador al fin se va.

Zapatería mundial contra el genocida

Un zapato puede ser el ataúd de los pies, que así algún poeta los llamó. O puede ser la lápida adelantada de un asesino. De un genocida, no solo la lápida, sino el escupitajo además, el juicio y la sentencia que no le llegarán, porque este mundo está mal, tan mal que a los genocidas los protege el mismísimo cuerpo de paz. Una mierda. Lo que no pudieron hacer los congresistas demócratas en E. E. U. U., ni Greenpeace, ni Al Gore, lo vino a ejecutar un periodista definido como “normal”. Había que ser normal para lanzarle los zapatos a Bush —al parecer, primero el del lado izquierdo—. El agredido, claro, no es normal. Los anglófilos, por supuesto, están que rabian al ver la bandera gringa manchada por la suela de este iraquí envalentonado. La pregunta es: ¿qué les molestará más: que el zapato haya dado contra la bandera o que no haya dado en la cara de Bush?