Rossana Quierolo no tiene, por donde se le mire, esa talla de mujer política o para la política. Ni para la politiquería. No le da ese aire de duelo perpetuo que le ha quedado después del culebrón que protagonizó con su ex-marido, aquel ahuecado actor venezolano. No se le puede pedir a Rossana, por tanto, que entienda, que asimile el concepto de laicismo y de ecumenismo. No parece decirle a ella nada de nada el que la sede de la Asamblea constituyente sea la misma ciudad donde nació el padre del laicismo en el Ecuador: don Eloy Alfaro. Difícil decir cuánta es esa mayoría cristiana en el Ecuador, cuánta católica, cuánta protestante, cuánta atea, cuánta practica el modelaje con pechos y piernas al aire pero se santigua a la entrada del trabajo (o de Montecristi). No nos parece que Rossana tenga muchos argumentos que aportar sobre si entra o no el nombre de dios en la nueva constitución. Si se mira y escuchan sus declaraciones en la entrevista que le realizó Carlos Vera, uno no acaba de entender qué hizo esa dama en las clases de lenguaje del colegio (la pera, seguramente). Su atropello a la lengua deja kilómetros de carretera con corazones azules. Nosotros no la entendimos. ¿Que quiere que el nombre de Dios entre en la constitución? Eso se entiende, y apenas. Dijo, además, que la única unión posible era la de un hombre y una mujer. Unión matrimonial habrá querido decir. Admira que una modelo con la carretera de ella discrimine de tal forma a los homosexuales. Alguno de ellos habrá encontrado en su carrera. ¿Lo habrá discriminado igual?
Doña Rossana debería entender que la práctica religiosa -y que conste que somos cristianos- es tema personal, íntimo. La convivencia pacífica -cosa tan deseable ahora- entre creencias empieza por la limitación de las prácticas religiosas al ámbito privado. No tengo derecho a imponer mi fe a otros. Por otro lado, el respeto a las minorías exige que este país se declare laico en su constitución, es decir, que el que quiera practicar tal o cual fe, que lo haga y el que no, no, que es cosa de cada quien. Como dijo un curita llegado a la asamblea, dejen el nombre de Dios en paz y en el corazón de cada uno.
Pero también hay que decir lo evidente: ¿de dónde sacaron los de Alianza país que una mujer de la clase social, preparación, currículo y demás de doña Queirolo, podía pegarse a ideas tan libertinas y dieciochescas como el aborto, el matrimonio gay y el laicismo? La culpa la tienen los gobiernistas que, sin conformar un partido sólido ideológicamente, dieron cuna y regazo a todo pretendido revolucionario que a la hora del té, resultan más telefunken que la mujer de Álvaro Noboa.