sábado, octubre 14, 2006

El papel (higiénico) del candidato

Ser candidato, lo mismo que ser vanidoso, requiere oficio y cara de palo. Quizá más de lo último. Pues hay que ver qué soberbia estupidez significa presentarse como envase de medicamento: el remedio a los males de la sociedad. Y el problema empieza porque el que se supone remedio en realidad es el pus, el cáncer y la gangrena. Y continúa con la desgracia de que el cuento empieza con decirnos que no hay mejor sistema, más aún si Berlín se cayó a pedacitos, que el de la democracia. Es decir, el candidato viene a ser el emplasto que necesita el cáncer para seguir carcomiendo el esqueleto del pobre mundo: nosotros. Candidato, que no cándido, es el letrero maltrecho en su posterior pero un anterior bien pintado. Que lo proclame un mal par(t)ido político o sea autoproclamado, da igual. No son más que apóstoles anatemas aun antes de abrazar la fe. Porque esta democracia de elegir (el verdugo) y ser elegido (como víctima indefectible) no pasa ni se refuerza en la urnas. Se engorda en ellas para continuar su propósito, el único que le cabe: el negocio. Democracia es negocio, y aquello que no se vende y no puede ofrecer rentabilidad entonces está fuera del sistema. No serán nunca, por tanto, negocio rentable los ancianos, porque su plusvalía hace mucho que se quemó y las arrugas no son más que vestigio del billete que se perdió; ni los niños son negocio, pues tan sanos ellos no saben ni pueden ofrecer renta. Son negocio, eso sí, cuando enganchan la billetera de papá, que de eso come MCDonal’s. Ni las mujeres embarazadas son negocio, pues sus anchas barrigas no garantizan ganancia, salvo si se consigue atemorizarlas lo suficiente para entrar en el combo de la salud privada: parto bajo el agua, cesárea si se deja y ligadura de trompas para placer de los cónyuges. Ni los drogadictos, ni los inmigrantes del campo a la ciudad, ni el campesino cuasihuasipunguero, ni el enfermo de sida, ni el vendedor informal, ni el artesano analafabeto, ni el analfabeto. Pero, llegada la dulce hora de las elecciones, hasta el muchacho amarillo de la barra Sur oscura del Barcelona es negocio: vota por mí, que soy hombre preparado, al fin y al cabo tapé el penal de la gloria. Cómo nos gustaría una democracia de comité de barrio, pero ensanchada a nivel nacional, donde, para elegir presidente, hay que nominar al ajeno, y este, que se siente inmerecido del honor, se niega y reniega, mas la gente lo impele y cumple, cargado de honra ajena, el cargo al que no se siente merecedor. Si habría que levantar la mano para nominar a nuestros presidenciables, ninguno de aquellos arribistas que hoy llenan la pantalla televisiva estaría donde está. Pues, quién sino la madre que le parió y no otro nominaría a un lelo/relelo a candidato y a una barbie más presidenciable para bazar de barrio que para cargo público. El candidato se deshonra son la presentación pública de sus cuentas, que si ellos no se dan cuenta los demás sí: ¿no es una ignominia gastar lo que gastan en la cara de los que mueren de hambre? El que tiene más de lo que necesita es que se lo quitó al que tienen menos: esa es democracia. Para ir en chiva, con trompeta, falda o correa vieja, no hay que tener cojones: hay que tener carita de ángel indolente. Mejor ir de diablo desconocido y en bus.

miércoles, octubre 11, 2006

El caballero sin impostura de tal: Jaime Guevara

Cuando no va de guitarra, va de gorrita nerudiana. Y la cola de caballo y la boca de pato, y el andar de los hippies setenteros. Pasa por cualquiera, pero cuando le dan micrófono o, simplemente, oído, y le ponen la guitarra entre las manos, se descuelga con unas canciones satíricas, cuchillescas, risueñas de greguerías con las que todos concordamos. Todos, digo, los que nos sentamos de excusado sobre Febres Cordero, la policía paralelepípeda o los gobiernos de turno, de facto o de miércoles. No tiene la fama de Alfonso del Fierro (porque óxido es su voz, y metal plano sus letras), ni la cadera de Kandela y Son(sas). No baila ni muestra el muslo a lo Silvana, porque la música de Guevara será oída en tarima, pero es que viene de entre las veredas, y se ríe en la cara de los que organizan y cobran los espectáculos. Jaime es el primer anarquista que canta sin tener voz, y que no ha tenido necesidad de lanzarse a diputado. Aunque se muera de hambre. Es el primer hippie que no fuma (ni belmont siquiera), que no bebe (ni las puntas de Minas que venden, oh felicidad, en San Blas), ni juzga a los que lo hacen. Arremete, como anarquista que es, contra el poder. Con él hemos crecido una generación de vagos capitalistas, sin oír sus canciones en la radio, porque no hay programa radial en el que pudieran caber canciones tan tozudas de rebeldía, sino oyéndolo donde se pudiera, casi siempre los miércoles en la Plaza Grande, frente al Palacio del poder ocre, o pasándonos los cancioneros que él mismo vendía. Los del Mejía, cuando hacíamos nuestra botellita llena en el parque de la Matovelle, empezábamos cantando bobadas alcohólicas como las Tres notas de Au-D, que era esa cursilería quinceañera que a todos nos dio alguna vez, y que a las niñas del 24 de Mayo les ponía en estado de concepción corporal. Era la llave del candadito medieval. Pero, acabada la canción, había que cantar Sui Géneris, porque entre trago y tabaco, terminábamos nosotros también rasguñando las piedras, el césped y los árboles del parque. No sé si antes o después de quedar gusanos, había el espacio para cantar a Guevara, que no hizo conservatorio, y se le nota en las canciones que no nos llegaban en papel pausado, sino en fotocopias sucias que cantábamos con el puño contra el corazón, como se canta el himno nacional, nosotros sí, a grito partido: “Yo soy remiso y estoy muy orgulloso de serlo”. Aún no éramos remisos, algunos incluso, años después, dejarían el colegio de piedra y molotov para ingresar a las nobles, fecundas y fétidas Fuerzas Armadas o Policiales, lo mismo da, y sin embargo con Guevara ya rezábamos esa oración contra la conscripción militar. Guevara va de jean y a dónde le llamen. Pero siempre canta lo que él compone. Es vagabundo y trovadoresco –tienta el símil manido-, juglar pero no palaciego, guitarrero más que guitarrista, afiliado al partido de los miércoles, que era donde se militaba cada semana para recordarle al tonto huésped de turno, frente a la Plaza Grande, la desaparición de los hermanos Restrepo. Jaime ha sido una columna bélica/musical contra el despotismo, una sonora máquina de ridiculizar el poder, el ejercido por altos amanuenses que montan autos blindados, y el ejercido por enternados de medio pelo, estólidos ministros del orden superior. Me refiero, por ejemplo, a los rectores y profesores que sometían a sus alumnos a podas invernales, donde lo suprimido era el cabello. El estudiante debe despejar su mente cortándose el cabello al estilo guardiamarina. Pelo corto, ideas cortas. Guevara ha defendido a esos muchachos, rockeros los más, acosados por la figura del inspector, el docente militarizado, y ha debatido con rectores en sus despachos, es decir, el anarquista que va al feudo del dueño del poder, y les ha demostrado que la estupidez de nuestro sistema educativo radica en mucho en quedarse en la formas. Como si el profesor de corbata y lacito fuese más pedagogo, más profesional, solo por verse así. “El reglamento del colegio prohíbe que un alumno lleve el cabello largo”, le replicó alguna vez un rector. Y el anarquista, cosa irónica, el blandió en la cara el documento máximo del poder, la Constitución de la República y sus apartados sobre los derechos de las personas: “7. El derecho a desarrollar libremente su personalidad, sin más limitaciones que las impuestas por el orden jurídico y los derechos de los demás”. Jaime no será la voz meliflua de una ninfa soprano, ni la cadencia de un cantante de pasillos, ni el blandir poético de letras empastadas de chocolate y perfume, como las de Luis Miguel, pero, en cambio, cantará con ronca severidad y juvenil sarcasmo lo que necesitamos oír. Un poco de juventud en medio de su música. Mucha juventud, diría yo. Una lozanía que no tienen los cantantes pagados de la radio. Y un coraje certero junto con un ojo de buey sin moralismos de esquina virgen.