Ser candidato, lo mismo que ser vanidoso, requiere oficio y cara de palo. Quizá más de lo último. Pues hay que ver qué soberbia estupidez significa presentarse como envase de medicamento: el remedio a los males de la sociedad. Y el problema empieza porque el que se supone remedio en realidad es el pus, el cáncer y la gangrena. Y continúa con la desgracia de que el cuento empieza con decirnos que no hay mejor sistema, más aún si Berlín se cayó a pedacitos, que el de la democracia. Es decir, el candidato viene a ser el emplasto que necesita el cáncer para seguir carcomiendo el esqueleto del pobre mundo: nosotros.
Candidato, que no cándido, es el letrero maltrecho en su posterior pero un anterior bien pintado. Que lo proclame un mal par(t)ido político o sea autoproclamado, da igual. No son más que apóstoles anatemas aun antes de abrazar la fe. Porque esta democracia de elegir (el verdugo) y ser elegido (como víctima indefectible) no pasa ni se refuerza en la urnas. Se engorda en ellas para continuar su propósito, el único que le cabe: el negocio. Democracia es negocio, y aquello que no se vende y no puede ofrecer rentabilidad entonces está fuera del sistema. No serán nunca, por tanto, negocio rentable los ancianos, porque su plusvalía hace mucho que se quemó y las arrugas no son más que vestigio del billete que se perdió; ni los niños son negocio, pues tan sanos ellos no saben ni pueden ofrecer renta. Son negocio, eso sí, cuando enganchan la billetera de papá, que de eso come MCDonal’s. Ni las mujeres embarazadas son negocio, pues sus anchas barrigas no garantizan ganancia, salvo si se consigue atemorizarlas lo suficiente para entrar en el combo de la salud privada: parto bajo el agua, cesárea si se deja y ligadura de trompas para placer de los cónyuges. Ni los drogadictos, ni los inmigrantes del campo a la ciudad, ni el campesino cuasihuasipunguero, ni el enfermo de sida, ni el vendedor informal, ni el artesano analafabeto, ni el analfabeto. Pero, llegada la dulce hora de las elecciones, hasta el muchacho amarillo de la barra Sur oscura del Barcelona es negocio: vota por mí, que soy hombre preparado, al fin y al cabo tapé el penal de la gloria.
Cómo nos gustaría una democracia de comité de barrio, pero ensanchada a nivel nacional, donde, para elegir presidente, hay que nominar al ajeno, y este, que se siente inmerecido del honor, se niega y reniega, mas la gente lo impele y cumple, cargado de honra ajena, el cargo al que no se siente merecedor. Si habría que levantar la mano para nominar a nuestros presidenciables, ninguno de aquellos arribistas que hoy llenan la pantalla televisiva estaría donde está. Pues, quién sino la madre que le parió y no otro nominaría a un lelo/relelo a candidato y a una barbie más presidenciable para bazar de barrio que para cargo público.
El candidato se deshonra son la presentación pública de sus cuentas, que si ellos no se dan cuenta los demás sí: ¿no es una ignominia gastar lo que gastan en la cara de los que mueren de hambre? El que tiene más de lo que necesita es que se lo quitó al que tienen menos: esa es democracia. Para ir en chiva, con trompeta, falda o correa vieja, no hay que tener cojones: hay que tener carita de ángel indolente. Mejor ir de diablo desconocido y en bus.
