Resulta que un viejo de leyes y de carne, usurero machaleño, se forró de plata, el equivalente al 10 por ciento del presupuesto del Estado, sin publicidad ni sucursales bancarias, sino al estilo chulco, comiendo a panza llena de medio mundo y dando de comer a otros tantos. Muerto Cabrera, el audaz notario del que se habla, muerto bien muerto en los brazos de una muchacha, madre soltera, entre las sábanas de un hotel de romances, nos enteramos que media patria devino en cliente suyo, un lote de gentes que le entregaron su dinero a cambio de unos intereses cuyo porcentaje -10%- azuzó ese sano deseo de muchos: ser ricos sin el menor esfuerzo.
De esta tragedia, cuyas consecuencias económicas dicen ser tan graves como las de la época de la recesión luego de la guerra del 95’, han hablado todos y todas, salvo la iglesia. Y claro, resulta extraño que ella también no haya puesto sus pocos reales en esa banca de barrio, la notaria de Cabrera. Porque abierta la olla de grillos, se descubre que todos le prestaron su dinero, todos incluye a los muertos. Por ahí, una señora, compungida por la tragedia, lágrima fresca, declaraba que cuando recibió la herencia de sus padres, alguien le dio el mejor consejo de su vida.
-Ponga la plata donde el notario Cabrera. No ve que él paga hasta el 10% de intereses. ¡Viera ques cumplido, el doctorcito!.
Los muertos en su tumba no tienen medios ni fuerzas para reclamar lo dejado en herencia. Sin embargo, ¿qué pasa si entre los perjudicados está la plana media del ejército y la policía? La plana media de lo que sabemos hasta ahora. En esa manzana podrida, uno mete el dedo y descubre pus por todo lado, hasta en el propio dedo. Pues resulta que los militares, que para algo tienen los huevos entrenados de pólvora y el culo refregado de patadas, se enfundan el traje de camuflaje, como si a reconquistar Paquisha fueran, cargan las armas al cinto, se personifican en el aeropuerto y toman un avión, no un avión comercial, ¡por dios!, sino uno de guerra, el mismo en que el anodino y uterino Palacio viaja dentro y fuera de estos confines ecuatorianos. Tan dueños ellos de lo uno y lo otro, ejecutan su plan como delincuentes, a la madrugada, en un avión pintadito de verde oliva y luciendo las insignias de la FAE y se largan para Machala. Tardan apenas una hora en tomar por asalto la notaría, llenarse las bolsas de dotaje con fajos verdes de esos que rezan In God we trust, descender las paredes aplicando las técnicas bien aprendidas en la escuela de instrucción y regresar a tiempo a Quito, al desayuno de tocino, tostadas y café, en sus casitas de barrio alto.
-¿A dónde se fue a la madrugada, amor? No le sentí.
-A arreglar unas cuentitas, mijita.
Como el ejército teme al escándalo público más que a una derrota en el noble campo de batalla, los jerarcas de las armas, el comando conjunto por completo, dio la cara para anunciar el revelo de todos esos “malos elementos que manchan el noble nombre de nuestra institución”. Mas yo os digo: quédense ustedes, comandos, mandos y mandados, con toda esa verborrea ciega, limpien el cerebro como el fusil todos los días, y dígannos: ¿es que ustedes creen que con mandar a casa a esos “malos elementos” el daño está reparado, la tropa escarmentada y el pueblo agradecido? El dinero que esos “malos elementos” hayan metido donde Cabrera, el cabrito, el cabro o la chiva, nos tiene sin cuidado. El que apuesta a rico, que asuma su derrota y devenga en pobre, por miserable. Que no es lo mismo. Lo que no les ha quedado claro a ustedes, nobles gorilas del uniforme y la insignia, es que desde la alfombra que recibe a la gente en el portón de sus casas, esa que reza Wellcome, la paga el pueblo, hasta el papel higiénico donde escriben sus ideas y el ministro de defensa estrena sus discursos. Por lo tanto, el ala derecha y la izquierda, el asiento del piloto y el piloto, la gasolina especial y las horas de estacionamiento del avión que pilotearon aquella madrugada, las paga el mismo pueblo, ese de aquí y el que se rifa la vida cruzando a la madrugada Lavapiés en Madrid. Así que no nos vengan a sacar las plumas y el pico, a hacer de pájaros contra las escopetas. Si en el fondillo del ministro de defensa, cinco pelagatos se toman el avión presidencial para darse unas vueltitas a arreglar sus cuentas, entonces los que tomaron el aparato se van a la cárcel y los jeques a la cocina de la cárcel. Lo manda la lógica, si no la ley. Y de paso, para evitar trifulcas, cárguense al uterino del presidente, que para más no da.
Por supuesto, alguna medida habría que tomar también con el abogado que asumió la causa de los militares dados de baja por el asunto Cabrera, cabrito, cabro, chiva. Es que, al parecer, no se ha visto ya suficiente cinismo para que venga este otro leguleyo de panza lóbrega y semblante aburrido, a decirnos que el pilotear un avión del ejército está contemplado como uno de los beneficios laborales de los militares, más o menos. ¿No querría decirnos que los uniformados tienen ya sindicato y contrato colectivo ‘con todas las de ley’, como la mayor parte de la burocracia del Estado ecuatoriano?
No nos cabe duda que aquel abogadillo debe ser hijo putativo del fenecido notario, abogado, chulquero y miembro de la Federación Internacional de Notarios, el Dr. Cabrera. Yo me entiendo cuando le digo putativo.