Decir cosas sobre el Congreso Nacional, nuestra Cámara de asalariados impopulares, resulta una redundancia. Casi un pleonasmo. Más aún, el Congreso en sí es un pleonasmo. Cada diputado que se ha ganado un puesto en esta institución, la segunda del Estado ecuatoriano según una constitución que nadie lee y menos aún entiende, resulta un pleonasmo del que le antecedió, y este de su antecesor y así, ad infinitum, o hasta el primer recuerdo de mi memoria joven cuyos límites coinciden con los veintisiete años de democracia en esta imberbe república. De suerte que un diputado viene a ser un redundancia sobre un mediocre redundante que ya redundó en lo mismo. Y en esto nadie es original. Todos hemos pecado alguna vez de vulgares, o en otras de mentirosos, o en otras de desleales, o en otras de vacilantes, o en otras de aduladores. Y qué sé yo de cuántas cosas hemos pecado, cristianos o no, en una u otra ocasión. La diferencia, la gris y simple diferencia es que un diputado los comete todos juntos. Arribistas, desleales, mentirosos, vacilantes y aduladores, no han tenido ni siquiera la mínima originalidad para intentar un pecado nuevo, un algo que los redima de ese pleonasmo pedestre: diputados de la república.
Hay que reconocer que en ellos la tozudez casi linda con el coraje. Aún recordamos a un diputado, un cualquier diputado que hasta ese día nadie, salvo su familia, sabía que era diputado, lloraba y se orinaba jaloneado por la multitud frente a CIESPAL, cuando ocurrió aquello de los forajidos en abril, y el tal diputado firmó en la hoja arrancada de un cuaderno escolar su renuncia temblorosa. Otros, en situación menos forzosa, declararon como magdalenas vírgenes –que ni María Magdalena era virgen- que renunciarían si así lo exigía el pueblo. Ninguno lo hizo, y hay que ver la cara de malotes y pánfilos que se gastan cada mañana cuando les hablan de que en este país nadie los quiere. "Se refieren a los otros diputados, a los que no hacen patria", suelen responder ante tales interrogantes, orondos en sus trajes sastre y panzudos en su tozudez.
Resulta, por tanto, que este Congreso inútil nos viene de gasto y malgasto. Llenos de deudas, ya va siendo hora de que cerremos la tienda. Con un Congreso así, redundante de torpezas y miserias, nadie refunda la patria, como pretende nuestro anodino y uterino presidente, ni siquiera la enfunda. La patria, digo. Ese concepto algo vago y salado que ningún diputado o diputada –y aquí nos viene oportuna la distinción de género- sabría definir, pero del que cobra, mama y remama como cría de porcino. Y eso también es un pleonasmo. De cada década de trastadas, nos viene un Congreso que siempre ha sido un desangre de recursos y de sangre. Antes, en los buenos "antes", los honorables se gastaban verbo y verborrea, un discurso que valía, de cuando en cuando, asimilar por lo circense o lo chullita. Y en épocas más negras –y ahí viene el desangre-, y ya gastado el verbo, lo que se consumía era bala calibre Dios sabe cuál. Más de uno ha muerto en esa paila de sandeces. A otros les han roto nariz, frente, cara, a puñetazo certero, y a otros muchos, el fondo del bolsillo, a soborno discreto o no.
No nos olvidemos de esas doncellas codiciadas por todos los chicos del barrio, que en el caso del Congreso se llaman diputados independientes. ¿Independientes de qué? Son como esas chicas de casa que van por la calle con su vestido de lacito, tan cerca del ojo y tan lejos del corazón. Solo los de pelo en pecho se merecen poseerlas. O los galanes que les llenen la cartera de regalos y las orejas de reggeton. En el caso de los diputados independientes, estos salen más baratos: se rifan al que mejor pague sus conciencias, si es que las tienen. Son, pues, la guinda virgen de una cacofonía política. Y ellos van a votar por una asamblea constituyente o constitucional, o por un consulta popular. Todo esto, pura redundancia. De estos pleonamos lo sabe bien Oswaldo Hurtado, que hizo la peor cacofonía de su vida cuando presidió la anterior Asamblea Constitucional. Todo un pleonasmo de corruptos. Amén.