martes, septiembre 06, 2005

EL OCULTO PREPOTENTE QUE NOS HABITA

Hace poco más de una semana, en un cantón cuasi perdido al norte de la capital, cuyo nombre es Pedro Vicente Maldonado, un empresario fue asesinado, entre muchas otras, por una puñalada ligera que le cruzó el corazón por el medio sin ninguna esperanza de remedio. El hecho no pasaría de noticia local o de titular de alguno de esos periódicos llenos de sangre y mujeres desnudas, material habitual de buseteros, si no fuera porque el asesinado fue un político de talla media, afiliado a un partido de izquierda light y que alguna vez ejerció el cargo de prefecto de la provincia de Pichincha. Desde luego la truculencia de los detalles que rodearon al asesinato condimentaron la noticia: los asesinos penetraron en el domicilio de la víctima, maniataron a su esposa, despacharon el bulto, dejaron en el dormitorio un sendero de sangre siniestra y pretendieron fugar en un vehículo de propiedad del asesinado. En cuanto se tuvo noticia del acontecimiento las sospechas se sucedieron en cadena: nada indicaba que a los delincuentes los hubiera motivado el robo. Las dudas se centraron en una serie de llamadas telefónicas de amenaza que había recibido la familia. “Les vamos a quemar la hostería”, les habían dicho aludiendo al negocio que dirigía el ex-prefecto. Todos creían que esas amenazas provenían de gente adicta al alcalde de Pedro Vicente Maldonado que había sido encarcelado durante tres meses por una denuncia del empresario asesinado, Francisco Ramón . La policía tardó –en contra de todo pronóstico- apenas cinco días laborables para dar con las carnes de los asesinos: doce detenidos. Uno de ellos, sin ruborizarse pero mirando de lado y ante las cámaras, reconoció ser parte del equipo asesino y afirmó que cooperaría con sus declaraciones al mismo tiempo que pedía protección para su familia. El alcalde de Pedro Vicente Maldonado, Héctor Borja, fue detenido de inmediato. Han pasado solo horas y otras personas, políticos del lugar, declararon haber recibido amenazas mortales de gente identificada como partidaria del alcalde Borja, hoy remordido entre las rejas de la policía judicial. El fenómeno es común, la reacción exagerada. A nadie le queda duda que este es el reino de nadie, que cada uno toma por donde le viene el machete o el cuchillo, o el grito ligero. Quien te atiende en una empresa, sea privada o estatal, que ya no hay diferencia entre ellas en cuanto se refiere a trato humano, te malentiende y peor trata. Alguien te ignora todos los días por un par de minutos y es un busetero de despiadada cortesía o es un conductor aquejado de demencia vehicular, el que te tira el coche o el bus, seas transeúnte o conductor timorato. En los pueblos o ciudades que no llegan a metrópolis, habita una clase política energúmena. El carné de político es licencia de insulto o de hago lo que me da la gana. Nos viene el ejemplo desde el vociferador felino que habita la hacienda El Cortijo, pasando por sus pupilos socialcristianos, siguiendo con esa horda desmesurada de diputados engalanados con fuero de corte, es decir, dioses aupados sobre el bien y el mal, llegando hasta el adolescente insolente que te entrega el vuelto incompleto en el colectivo, te arenga con rudeza y te bota del bus, aún en marcha, sin preocuparse por tu destino que todavía se bambolea peligroso en el aire esperando aterrizar en la vereda salvadora. El alcalde de Pedro Vicente Maldonado no es más que el héroe de todos los prepotentes de esta patria, que no son pocos. La insignia de un estilo de gente que abunda, a la que si le señalas los errores, ejerciendo tu derecho a ser respetado a simplemente a hacer patria, te devolverán el ojo por el ojo, o el cuchillo por el corazón. Raymond Araujo/ 2005-09-06