viernes, diciembre 10, 2004

Sopa de cuy para la conciencia

Leo en una página web acerca de un concurso para lectores. Los participantes deben señalar cuál es el libro que más les ha impactado en su vida. Uno de aquellos señala que “Sopa de pollo para el alma” es el libro que le ha trastornado porque, según él, le ha aportado ideas y conocimiento que nunca ha visto. De lo que resulta que el pollo proporciona al comensal, a más de las calorías y grasas saturadas conocidas, un tanto de ciencia que ya querrían los demás. Esto me recuerda a mi una abuela que usaba la sopa de pollo para curar la gripa. Los nietos teníamos bien aprendida la receta dc modo que, cuando nos enfermábamos, pedíamos el potaje en cuestión como quien reclama el brebaje de los dioses. Nunca se nos ocurrió que el preparado de pollo nos pudiera reportar mejor cosa que la salud. Ahora que lo pienso mejor, quizá fuera por eso que, de cuando en cuando, brillábamos con ideas propias. Mira que venir a enterarse uno, a estas alturas, que el pollo era el causante de esas respuestas salvadoras que se me ocurrían cuando la profesora de sexto grado nos tomaba la lección y nosotros no la habíamos estudiado. Eso es más o menos lo que le está pasando a Lucio. Porque esto de hacer gobierno es una lección que no se la tenía estudiada a diferencia de sus predecesores que, de una u otra, por lo común de forma tangencial, ya habían probado de cerca el poder sea como diputados, prefectos, alcaldes o vicepresidentes. Lo cierto es que el nuevo presidente cuenta, además de la sopa de pollo que habrá probado con harta frecuencia en sus años pasados, con la sabiduría de Pachacutik que sabe más de caldo de cuy que de sopa de pollo. Ese caldo de cuy para la conciencia viene a ser, más o menos, como la ostia de los domingos precedida por la confesión: el purgante ideal. Pues si de algo debe purgar la conciencia del Lucio hoy es de haber dejado de ser el Lucio de las urnas. Ahí entra el caldo de cuy. La receta será ancestral pero el preparado quedará a cargo de la Nina que viene a ser una versión de Shaman con visión de género. La Nina ha venido a demostrar que la cosa entre indios va más o menos pareja. Hecho el caldo de cuy, Lluco podría oficiar de edecán. O sea, probar primero el potaje no vaya a ser que en el revolú de la tarea se infiltren otras cuantas ideas neoliberales en el preparado, esas que tienen a los indígenas con los ponchos de punta. Después, que se santigüen los presentes y a esperar lo que venga. Quizá Lucio también pueda escribir, luego de dejar las mieles y las abejas del poder, un libro que se llame algo así como “Caldo de cuy para la conciencia”. Eso, claro está, si hay cuy que dure más de cien días que es lo que le dan a todo nuevo presidente para que demuestre que puede ser lo que se teme que no sea: el estudiante que se aprendió bien la lección antes de que la señorita de sexto grado se la tome.