jueves, mayo 06, 2004

OTITIS PRESIDENCIAL

El oído número uno del país ha caído en el combate. Lucio, impermeable a toda crítica según se creía, ha terminado demostrando que tiene también su talón de Aquiles, o sea su oído de Aquiles: a la cama, ciudadano número uno. El equipo de médicos de la presidencia se ha apresurado a señalar la causa: exceso de trabajo. Uno no queda tan satisfecho con ese veredicto sanitario porque no hay que leerlo dos veces para notar el mensaje subliminal: este presidente trabaja tanto que hasta el oído se le inflama. Yo creo que antes que lamentar la recaída del ciudadano número uno, habría que verificar, para bien de la patria, quiénes componen ese dichoso equipo médico. Si todos ellos son galenos de especialidad general, la cosa va dispar. Dispar por el cliente: el ciudadano número uno no llega a general por vía de mérito sino a coronel por vía del esfuerzo, cosa loable, está claro. Mas bien habría que pedir que el equipo esté compuesto por especialistas, dígase, verbigracia, un pediatra, un psicólogo (aunque no sería demasiada precaución poner un psiquiatra de una buena vez por si hay que certificar un caso de locura presidencial y así se le da el argumento legal que quiere el Borja para deponer al paciente) y hasta un ginecólogo por eso de que el periodo se le pueda acortar. El periodo presidencial, digo. Lo que no logro ubicar, por más que busco en mi diccionario ideológico, es el nombre de un galeno especialista en bocas lenguaraces. Porque hay que ver lo que gasta de saliva este señor en defenderse de todo lo que le dicen. En esta patria, se nota un síndrome del sillón presidencial: siéntese y afloje la lengua. Algunos han dado cátedra que ya quisiéramos que las palabras y los epítetos sean canjeables por oro. O por bonos de la deuda, que nos beneficiaría más. Con las perlas del León ya habríamos saldado el préstamo hace mucho. No, no me sugieran un otorrinolaringólogo que se gasta mucho aliento en la palabra y parece ser que uno de estos es el del informe citado arriba. “Agotamiento laboral”. He notado que otros son más suspicaces que uno. Los editorialistas de prensa y radio, o sea. Más perspicaces en observar que el decaimiento del presidente se debe a la soledad. A nadie le ha de funcionar muy bien el oído medio, y mas bien a de estar medio ido si lo abandona la buena izquierda, la buena estrella, la buena de la Bohórquez, y todo por pegarse a la santa derecha. No hallo otro adjetivo para la derechona que buena no es. Quizá si no se le cuenta a Cynthia Viteri que para buena bastan sus trajes sastres, estilo Bahía, y a Silvana, que es más un muslo populista que adorna las emperifolladas sesiones del Congreso. Ya se ve: el que se arrima a la derecha, se le agota el oído medio, y medio que de oidas se entera de lo que pasa. Hay, desde luego, su ventaja. Dirá el ciudadano número uno, en esa jerga felina que de cuando en cuando llena el circo de la televisión, que al presidente se le inflama el oído pero no se le aflojan los pantalones. No diría pantalones si quisiera ser felino, pero uno no tiene por qué ser vulgar si cita a otro. Que la boca de cada uno se queme con las brasas que expele. Y que el oído de cada uno aguante lo que quiera oír, máxime y solo escucha de la derecha. Paz para el oído izquierdo del ciudadano número uno, que aún sigue virgen de sonidos. Raymond Araujo