Al pie de la letra
De literatura y patria
jueves, julio 29, 2010
HUECA
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domingo, mayo 30, 2010
La Academia desacademizada
Algunas Academia americanas empezaron ya, hace rato, a hacer lo suyo: a investigar. Y producen ya sus obras de consulta y tienen página electrónica, y organizan eventos donde se discuten temas de lengua, etcétera. Eso porque han tenido la inteligencia de incluir entre sus dignos académicos, junto con los ilustres escritores de diversos géneros, a lingüistas o expertos de la lengua que llegan a la Academia, no a hacer cafetín de cinco de la tarde, sino a promover proyectos de investigación que aporten conocimiento y cultura a su país.
La de aquí, bien gracias. Ni página electrónica. Hay gente que tiene sus dudas a la hora de escribir y que la mejor idea que se le ocurre para salir del atolladero es sacar la guía de teléfono, buscar la referencia de la Academia y llamar a ver si alguien les puede indicar el camino del conocimiento. Ahórrese la llamada. Hay tres secretarias, un becario, un contador los jueves cada quince, pero nadie que resuelva la duda. Ojalá contestara el doctor Borja.
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miércoles, mayo 26, 2010
Al pie del concierto: Ángeles de Infierno (pero solo es un pretexto)
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domingo, mayo 09, 2010
Al pie del verso: La noble metáfora de Carrera Andrade
Está Carrera Andrade y el resto. Su palabra se levanta de la tierra y construye un verso claro y expresivo. Es sencillo y, por ello mismo, engañoso. Nadie ha empleado, en el Ecuador, con tanta limpieza y originalidad la metáfora como Carrera Andrade.
el recuerdo es apenas un nenúfar
que asoma entre dos aguas
su rostro ahogado
(Biografía para uso de los pájaros)
Con solo esos tres versos, muy bien habría podido haber hecho Carrera otro de sus microgramas. Hay, en su poesía, la confianza de la mano que atrapa las cosas y nos las acerca. De pronto, por la metáfora de Carrera, uno descubre que todas las cosas tienen su cierta molicie. Incluso el recuerdo, que no es más que un ahogado que asoma la cara para espantarnos el día.
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jueves, abril 29, 2010
Al pie de la foto: El señor de la salsa
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miércoles, abril 28, 2010
Es hora de hablar
(porque Bunbury ha dejado en su último disco una confesión que ya nos hubiera gustado hacer a muchos)
es hora de hablar
de la quimera de otra vida,
de lo que no supimos expresar,
del trapecio que ante la nada
oscila ,
de tragedias y triunfos
que duran un segundo,
de alterar el destino
y de la fábrica de hielo del olvido,
es hora de hablar
de las cosas rotas
que no puedo arreglar,
de que este humor no tiene que ver contigo,
que hace tiempo que nada acabar consigo,
que la fama es el opio del triunfador
y más vale suerte que talento,
y me basta este momento
como una revelación
es hora de hablar
de las voces de los hombres y su engaño,
de la verdad como forma de violencia,
del dolor y de la inocencia,
del infinito entre tus brazos
y de los límites de mi cuerpo
y el regateo de mi ficción
(pura ficción)
es hora de hablar
de la culpa y la madre del castigo,
de hacerse viejo entre tus enemigos,
del lento proceso de derrumbe,
y que nunca hablamos
de lo que hay que hablar,
de secuencias de presagios
que se cumplen
y que quiero hacer muchas cosas por ti
las más posibles
es hora de hablar
de la quimera de otra vida
Enrique Bunbury
(de Las consecuencias, 2010)
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miércoles, septiembre 30, 2009
Gracias por el fuego, Benedetti
Atravesado está el siglo por el verso y la prosa de Benedetti. Contra los que embalsan la corriente, contra los contras de la vida, está la palabra primera y la última de Benedetti, la discreta presencia de su imagen, la bondadosidad de su bigote de abuelito taciturno, el engaño de su facha estable, porque despacito, detrás de todo ese escenario de placidez, y sin apretar mucho el bisturí, iba hundiendo la hoja en la carne descompuesta de esta vida pacotillera. A palos y a verbos, a verbazo preciso entró Benedetti a combatir pero también a arrullar, con la prosa del cuentista que dice y dice, y no parece suceder nada, y sucede, se suceden luego del punto final, los asombros, los despistes, los ‘qué pasó’, los ‘a qué hora pasó’, porque era mago sin sombrero de Merlín, porque no dejaba ver los trucos bajo las mangas, y algunos se han confundido, y han empezado a verlo como muy simple, simple su prosa, simple su verso, fácil y directo, o sea, su virtud –si es que se la reconocen– está en lo que dice, en esas ideas izquierdosas suyas, pero no, que su fuerza es fuerza de verbo, y que lo que parece fácil de leer no es fácil de escribir, y aun más, habría que releerlo dos y tres veces, por lo menos, si no hay tiempo para más, porque debajo de la epidermis y de la dermis de sus cuentos y sus novelas, corren ríos, y hay bosques donde se pasean las angustias asoleadas del hombre, el alma encurvada de la mujer, el secreto indescifrable de nuestras insatisfacciones.
La muerte está para acordarnos de los que teníamos olvidados. Para conocer a los que no conocíamos. Para empezar a leer lo que habíamos relegado para más tarde. Maldita muerte que toca en la puerta de al lado para que nos levantemos nosotros a ver a quién se llevan. ¡Ah, se lo llevaron! Y recordamos que teníamos un libro suyo, de cuando éramos universitarios, que nos hubiera gustado leerlo, pero la vida de oficina vino tan pronto y tan rápido, y nos quitó el tiempo de mi yo con/migo, el tiempo de leer. Ahora que se fue, Benedetti, ojalá deje tiempo la oficina para leerte. Ojalá le atine otra vez a ese verso tuyo y emprenda, esta vez sí, como nos jurábamos en aquellos tiempos de universidad, a palos de vidente.
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