jueves, julio 29, 2010

HUECA

En las gloriosas épocas universitarias, teníamos una hueca —que ya no lo es más— para discutir de fantoches, de avatares y precipicios, oír música en rockola y tomar cervezas. Todo muy sazonado con unos motes con chicharrón. La rockola era muy vieja, pero funcionaba, y era una gloria meterle la moneda para ver su bracito solitario, como la útil extremidad de un manco ciego, levantarse a trancas y barrancas para girar sobre su codo, tomar el disco, ponerlo en su lugar y empezar a escuchar la voz de violín de Julio Jaramillo. 
La hueca era hueca porque estaba un poco escondida —afuera se podían ver las pailas de fritada y hasta las pilas de jabas de cerveza—, porque uno, adentro, quedaba en resguardo, en “intimidad”, que decían los hombres de antes, y se podía hablar a gritos, beber sin medida. Igual, a la salida, el mundo te esperaba con sus ojitos acusadores de animal ignorante. 
La hueca era hueca porque, en el rango de las cinco estrellas, tenía caídas cuatro y debía otros tantos tenedores. La señora del lugar te servía el mote con la misma mano que cobraba y daba vueltos (de ahí esos necesarísimos purgatorios como remedio a los extraños dolores ventrales y veniales que le ponían al cliente en el infierno o en el retrete —que para el caso, son tal cual— solo tres días más tarde). Un diseñador de interiores había previsto que el piso fuera decorado, no solo con porcelanato barato, sino con todas las colillas y cenizas de los clientes, también con todo mote, chicharrón, pepa de aguacate, tillo de botella, charco de cerveza, o lo que fuese que cayere de la mesa del comensal o bebedor, futuro borracho. El baño era un insulto a la pulcritud —que hacía rato que se fue del sitio echando gritos y tirándose de los pelos—, porque, a más de carecer de toalla, jabón y papel, casi no le funcionaba nada: ni el grifo del lavabo ni el descargador del agua del excusado. Ni el seguro de la puerta, que ya es cosa de dignidad, funcionaba como debía. En fin, que la hueca era muy hueca, se bebía delicioso, se comía sabroso, todo, a pesar de los pesares, pero que, si a este sitio le llamas hueca, ni por muy original se te hubiera ocurrido llamarle hueca a las 'Tablitas del Tártaro'. 
La palabra ‘hueca’ estaba ahí para nosotros, como el manito que requeríamos para atrapar ese lugar secreto y preferido donde comer o beber, o las dos cosas, y al que podíamos invitar a alguien que quedaba muy bien advertido de que no le íbamos a llevar a Piazza Navona, pero que, después de probar de lo que ofrecieran, se iba a sentir mejor que en Roma, que ya fue capital mundial. No sé quién ha empezado con el tráfico, pero han empezado a manosearla de cabeza a rabo a la pobre palabra, que ahora pueden decir que hay ‘huecas’ en la Plaza Foch. (Como no sean bares subrepticios…). Que la hueca venga a ser cualquier sitio de buen parecer donde come y bebe la gente de buen ver, es una estafa. No las llamen ‘huecas’, para eso están dos palabras suficientes: ‘bar’o ‘restaurante’. (Hay los gomelos que empiezan a ir al ‘pub’, pero no son más que ‘puf’). En ninguna de ellas atiende la que sí lo hace en la hueca: la “seño” o la “madrina”. Salud.

domingo, mayo 30, 2010

La Academia desacademizada


Que don Rodrigo Borja Cevallos, ex presidente de la República, autor de un par de libros que se gozan leyendo —como aquel de los “Recovecos de la historia”, que tiene su sazón liviana—, y de una enciclopedia que podría ser el orgullo de cualquier enciclopedista, haya sido electo miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, le enaltece. A la Academia, sobre todo. Alguien dijo, no recuerdo quién, que hay miembros que dan nombre a la Academia y otros a los que la Academia da nombre. En este caso, bien servida queda la Academia al incorporar el ilustre nombre del ex presidente. Pero, y esto tampoco lo recuerdo, alguien dijo, quizá el mismo sujeto de la cita anterior, que la Academia vive de la publicidad de los que le dan nombre, pero sostiene su condición académica de aquellos otros desconocidos —o muy poco conocidos, que casi es lo mismo—, que de pronto adquieren su cierta notoriedad al ser nombrados académicos. Eso, en la Academia de España, o sea, la Real. Porque la de aquí, muy poco de lo uno y nada de lo otro. Cuando en España, a fuerza de o gracias al paso del tiempo, las nuevas corrientes, los lingüistas críticos y el crecimiento de instituciones de investigación lingüística en otras latitudes, empezó a remozarse, a dejar de ser una templo ortodoxo de cinco ñatos que decidían todo entre ellos, para pasar a ser un centro de investigación continua, con un equipo tremendo de gentes, también, por supuesto, con un enorme aparato de auspiciantes que no se encuentran no más en cualquier lado, menos en América del Sur, producto de todo lo cual aparece cada mañana un nuevo diccionario de dudas, una ortografía, un compendio, un qué se yo que da contento a un montón de gente que no tenía dónde hacer sus consultas, o que encontraba dónde consultar pero siempre se quedaba en las mismas.

Algunas Academia americanas empezaron ya, hace rato, a hacer lo suyo: a investigar. Y producen ya sus obras de consulta y tienen página electrónica, y organizan eventos donde se discuten temas de lengua, etcétera. Eso porque han tenido la inteligencia de incluir entre sus dignos académicos, junto con los ilustres escritores de diversos géneros, a lingüistas o expertos de la lengua que llegan a la Academia, no a hacer cafetín de cinco de la tarde, sino a promover proyectos de investigación que aporten conocimiento y cultura a su país.

La de aquí, bien gracias. Ni página electrónica. Hay gente que tiene sus dudas a la hora de escribir y que la mejor idea que se le ocurre para salir del atolladero es sacar la guía de teléfono, buscar la referencia de la Academia y llamar a ver si alguien les puede indicar el camino del conocimiento. Ahórrese la llamada. Hay tres secretarias, un becario, un contador los jueves cada quince, pero nadie que resuelva la duda. Ojalá contestara el doctor Borja.

miércoles, mayo 26, 2010

Al pie del concierto: Ángeles de Infierno (pero solo es un pretexto)


El negro abundaba por los alrededores de la Plaza de Toros, el negro furia, el negro de luto. El negro rock. Y había en las ropas, más  metales que en ferretería. La gente estuvo a la cola desde las cinco de la tarde y a las siete, cuando ya se habían llenado todas las zonas desde donde era decentemente visible el escenario, los rockeros empezaron a silbar para que empezara el concierto. El disckjokey se llevó la rechifla más de una vez. Si es plaza de toros, entonces le sonaron como dos veces las trompetas de anuncio. Lo que pinchaba era pasto para otros toros. De rock del bueno, muy poco. Atinó con unas cuantas de Héroes del Silencio, pero se repetía. Una de cal y un montón de arena, más la del ruedo.
El concierto empezó a las ocho en punto, que no cedió nadie a las presiones del público, y salió al escenario “Ambrosía de Hiel”, con la pinta de los amigos del barrio que se montan el grupo, muy rocambolesco el nombre, demasiada simpatía para Héroes del Silencio —hicieron dos o tres versiones del grupo español—, el cantante parecía haber recibido un injerto de la garganta de Bunbury. Y nada más. Muy poquito de imagen. Nulo desarrollo en el escenario. Buen sonido y acoplamiento. Pero nada nuevo. Entonces vino “Bajo sueños”. Estos sí que la montaron definitiva. Tocaron en absoluto solo canciones originales, que todo el mundo cantó, saltó y desentonó.
Mauricio Calle, vocalista y guitarra principal, es el rockero demasié del medio ecuatoriano. Mucha voz, gran voz, peca de grandilocuente, que es pecado necesario en el rock. Y rivaliza consigo mismo: su técnica para el canto es tan pulida como para tocar la guitarra. Sus solos limpios, enfurecidos y melódicos, hablan de su pasión desbordada por el rock pero también de un profesionalismo escaso entre las bandas de rock ecuatoriano. A estas horas, Bajo sueños es banda madura, distendida en el escenario, con un dominio absoluto de la escena. Han creado sus personajes y tienen todo lo que se necesita para ser unas ‘rock stars’: sonido excelente, imagen cuidada, dominio escénico, voz inigualable, soltura y versatilidad. No cometen el pecado de salir vestidos como los chamos de la esquina por el contrario cuidan su imagen como trabajan su estilo. Resalta incluso la evolución musical del grupo: sus canciones suenan ahora mejor que las del CD. Calle canta mejor ahora que en aquel CD de los 90’. Sin embargo, su protagonismo excesivo deja la impresión de que es él y su banda, mejor, es Calle y sus músicos. El dilema es claro: o deja de cantar o deja de tocar la guitarra, y en los dos escenarios la banda pierde. Bajo Sueños está atado a ser su vocalista/guitarrista y los demás.  Pero es la banda de rock que nunca tuvimos y que, pese a la diferencia de género, dejó para poco a “Basca”. Los de la Plaza de Toros no solo que le aguantaron sino que se tragaron con gusto el cuento de Calle, el cuento de las tres veces que anunció la última canción. Por fortuna, fue mentira.
(De “Ángeles del infierno” no queda nada por decir. Son ellos, son la larga vida al rock. Y eso basta).

domingo, mayo 09, 2010

Al pie del verso: La noble metáfora de Carrera Andrade



Está Carrera Andrade y el resto. Su palabra se levanta de la tierra y construye un verso claro y expresivo. Es sencillo y, por ello mismo, engañoso. Nadie ha empleado, en el Ecuador, con tanta limpieza y originalidad la metáfora como Carrera Andrade.



el recuerdo es apenas un nenúfar


que asoma entre dos aguas

su rostro ahogado

(Biografía para uso de los pájaros)



Con solo esos tres versos, muy bien habría podido haber hecho Carrera otro de sus microgramas. Hay, en su poesía, la confianza de la mano que atrapa las cosas y nos las acerca. De pronto, por la metáfora de Carrera, uno descubre que todas las cosas tienen su cierta molicie. Incluso el recuerdo, que no es más que un ahogado que asoma la cara para espantarnos el día.

jueves, abril 29, 2010

Al pie de la foto: El señor de la salsa


Salió coronado con un sombrero de paja toquilla. Y tocó con él las primeras tres canciones. (Un homenaje y un regalo, dijo). Sigue siendo su voz la misma de siempre. Aunque Blades empieza a avistar el respetable abuelo salsero que será en el futuro, su voz permanece joven, límpida y digna. Aún le rodea un aura de humildad, cuyo símbolo son aquellas dos maracas, como dos frutos del Edén, colgadas del pedestal del micrófono. El escenario (que tardaron treinta minutos en arreglar luego de la presentación de Azuquito), abarrotado de instrumentos, cables, micrófonos, bailarines y salseros durante la presentación de la orquesta quiteña, quedó libre, limpio para este señor de la salsa. Blades lo recorrió a pasos cortos, bailando con pasitos cortos, o caminando distraído, concentrado en el texto de la canción, y detrás de él, una escalera que parecía descender del cielo, por donde subió cuantas veces pudo a juntarse a los percusionistas para tocar sus maracas.
Con ese sombrero, aquella barba de médico antiguo, el traje oscuro de la misma índole, los lentes de sabio y la voz caribeña, Blades pone a bailar ­—para mal— a la gente que no escucha sus letras o no las entiende, y pone a pensar —para bien— a aquellos que lo querían solamente sentado en el banco de un ministerio. (Hay gente a la que le queda muy bien la mueblería de los Ministerios, pero a Blades lo que mejor le queda es la orquesta detrás, el micrófono delante, y una oreja que oiga pa’ que entienda). El digno Blades es la dignidad de la salsa, ya sacada de ese estercolero bailable al que la llevaron algún día.
Foto tomada del diario "El Comercio", www.elcomercio.com

miércoles, abril 28, 2010

Es hora de hablar

(porque Bunbury ha dejado en su último disco una confesión que ya nos hubiera gustado hacer a muchos)

es hora de hablar

de la quimera de otra vida,

de lo que no supimos expresar,

del trapecio que ante la nada

oscila ,

de tragedias y triunfos

que duran un segundo,

de alterar el destino

y de la fábrica de hielo del olvido,

es hora de hablar

de las cosas rotas

que no puedo arreglar,

de que este humor no tiene que ver contigo,

que hace tiempo que nada acabar consigo,

que la fama es el opio del triunfador

y más vale suerte que talento,

y me basta este momento

como una revelación

es hora de hablar

de las voces de los hombres y su engaño,

de la verdad como forma de violencia,

del dolor y de la inocencia,

del infinito entre tus brazos

y de los límites de mi cuerpo

y el regateo de mi ficción

(pura ficción)

es hora de hablar

de la culpa y la madre del castigo,

de hacerse viejo entre tus enemigos,

del lento proceso de derrumbe,

y que nunca hablamos

de lo que hay que hablar,

de secuencias de presagios

que se cumplen

y que quiero hacer muchas cosas por ti

las más posibles

es hora de hablar

de la quimera de otra vida

Enrique Bunbury

(de Las consecuencias, 2010)

miércoles, septiembre 30, 2009

Gracias por el fuego, Benedetti

Atravesado está el siglo por el verso y la prosa de Benedetti. Contra los que embalsan la corriente, contra los contras de la vida, está la palabra primera y la última de Benedetti, la discreta presencia de su imagen, la bondadosidad de su bigote de abuelito taciturno, el engaño de su facha estable, porque despacito, detrás de todo ese escenario de placidez, y sin apretar mucho el bisturí, iba hundiendo la hoja en la carne descompuesta de esta vida pacotillera. A palos y a verbos, a verbazo preciso entró Benedetti a combatir pero también a arrullar, con la prosa del cuentista que dice y dice, y no parece suceder nada, y sucede, se suceden luego del punto final, los asombros, los despistes, los ‘qué pasó’, los ‘a qué hora pasó’, porque era mago sin sombrero de Merlín, porque no dejaba ver los trucos bajo las mangas, y algunos se han confundido, y han empezado a verlo como muy simple, simple su prosa, simple su verso, fácil y directo, o sea, su virtud –si es que se la reconocen– está en lo que dice, en esas ideas izquierdosas suyas, pero no, que su fuerza es fuerza de verbo, y que lo que parece fácil de leer no es fácil de escribir, y aun más, habría que releerlo dos y tres veces, por lo menos, si no hay tiempo para más, porque debajo de la epidermis y de la dermis de sus cuentos y sus novelas, corren ríos, y hay bosques donde se pasean las angustias asoleadas del hombre, el alma encurvada de la mujer, el secreto indescifrable de nuestras insatisfacciones. La muerte está para acordarnos de los que teníamos olvidados. Para conocer a los que no conocíamos. Para empezar a leer lo que habíamos relegado para más tarde. Maldita muerte que toca en la puerta de al lado para que nos levantemos nosotros a ver a quién se llevan. ¡Ah, se lo llevaron! Y recordamos que teníamos un libro suyo, de cuando éramos universitarios, que nos hubiera gustado leerlo, pero la vida de oficina vino tan pronto y tan rápido, y nos quitó el tiempo de mi yo con/migo, el tiempo de leer. Ahora que se fue, Benedetti, ojalá deje tiempo la oficina para leerte. Ojalá le atine otra vez a ese verso tuyo y emprenda, esta vez sí, como nos jurábamos en aquellos tiempos de universidad, a palos de vidente.